miércoles 26 de septiembre de 2007

VES LO QUE QUERES -PARTE V

UN AMIGO EN EL CAMINO

Entré al bar y una mano me sacudió agarrándome por el hombro.

-Hey, Fede! Qué te pasó en la cabeza??- Era Marcos, un amigo al que no veía hacia mucho tiempo. Se puso de novio y su vida cambió radicalmente además que, el hecho de que sus tiempos no son los míos, se complica a la hora de arreglar algo para hacer. Pero todo había cambiado, ya no salía con nosotros como antes. Su entorno era su novia. No le dejaba hacer nada y a él le gustaba eso. O nos daba la sensación de que era así.

Le conté lo que me había pasado, pero antes me senté y pedí una cerveza. Eran las 5 y media, demasiado tarde para encontrar a Tiano en la estación de servicio, que quedaba muy lejos de donde estaba y había que calcular mínimo 30 minutos de recorrido en colectivo. Encima Marcos no lo conocía por lo que no tenía su teléfono.

Nunca le había hablado de lo que nos pasaba y de seguro que la historia le impactó y preocupó, a la vez. Debí tener un aspecto desagradable porque la gente me miraba, comentaban algo entre su grupìto de amigos, tomaban un sorbo de sus respectivos vasos y me volvían a mirar de arriba abajo con cara de quien huele a mierda. Pero con razón, mi aspecto era desastroso: una venda, que ya no era blanca (estaba manchada principalmente por sangre), me cubría parte de mi cabellera; un moretón a la altura del maxilar superior derecho; la chomba que vestía estaba mojada como un trapo de piso (no sólo por el agua sino que la mugre que tenía daba lástima, con manchas de sangre y de barro); El pantalón que uso de entre casa (les puedo asegurar que su aspecto es salvaje); y las zapatillas, todas embarradas.

Luego de contarle lo sucedido, le pedí a Marcos si me hacía un favor

-Necesito que me prestes algo de ropa para cambiarme-.

No lo dudó, me dijo rápidamente que sí. Vivía a 5 cuadras de “El Estar”.

Con nosotros vino la novia, Lucrecia, que no decía ni “Ah” sobre la situación pero en su cara se podía leer una expresión muy particular: una mezcla de repugnancia, rechazo, cólera y a la vez de vergüenza ante la mirada de los ajenos que no sólo les llamaba la atención mi estado sino que también desnudaban con la mirada a los que estaban conmigo: Marcos y Lucrecia.

A parte, ella pensaba de mi que era mala influencia para Marcos y le insistía para que no vuelva a salir “a esos antros” a los que íbamos con nuestros amigos. Por eso tomó distancia de todos, aunque nunca nos dijo lo que les acabo de deducir pero si lo conocieran, opinarían lo mismo. Y esa noche confirmé nuevamente la teoría al encontrar a Lucrecia con mi amigo en uno de “esos antros”: el lugar no le molestaba sino con quién salía su novio, o sea, nosotros los amigos desgraciadamente "atorrantes".

Fuimos hacia su casa caminando calladitos sin decir una palabra. Ellos delante mío abrazaditos, la mano de ella sobre la cintura de mi amigo y él le abrigaba el cuello con su brazo.

Entramos al Chalet, no muy grande pero imponente sobre una calle vacía de belleza, con calles oscuras pero en donde su casa resaltaba, iluminada por dos faroles en la entrada que agrandaban el paso de los transeúntes.

-¿Querés tomar un cafecito antes de que te traiga la ropa?- Me dijo Marcos tímidamente, mirando de reojo a la novia que estaba a su lado sin despegarse un instante de él desde que mi agradable presencia interrumpió su velada romántica.

-No, Gracias Marcos, no cuento con mucho tiempo. Debería estar en camino ahora...-Me quería ir de inmediato. Me senté a esperarlo cuando él y su “sombra femenina” dieron media vuelta en dirección a las habitaciones. Prendió la radio porque, imagino, el silencio que se había generado le dolía tanto que se sentía incómodo. En la radio sonaba una canción de Turf : “Paralizado por el miedo de saber la verdad” Al escuchar el tema recordé el motivo de mi desventura.

Hubiera querido no haberme levantado nunca a atender el teléfono y todo sería distinto...Estaría durmiendo en ese momento. Durante mi espera de Marcos y la ropa, me mantuve en todo momento en el comedor, sentado sobre un sofá que me invitaba a zambullirme. Los ojos se me cerraban. Observé que frente a mí, sobre el modular había una escultura de cuerpo entero, 34 cm de longitud aproximada, y de color amarillo patito, nada común. Era espantosa, demasiado fea, nunca había visto algo de tan mal gusto, y teniendo en cuenta que el resto de la casa era armoniosa y cálida. Esa cosa rompía con el conjunto.

Al rato, apareció Marcos (detrás de él estaba la novia) con ropa que me podía prestar y que dentro de todo no me quedaría muy grande: Era ropa de su hermano de 13 años, “El Plaga” –nunca pregunté por qué le decían así en la casa, pero debía ser porque siempre estaba en todas- que de todas formas ya medía la misma estatura que yo. No es tan difícil que esto suceda, soy bajo, pero tampoco me molesta. “A los altos le molestan más que nosotros seamos bajos, que de lo que nos molesta a nosotros” decía Robert, el instructor del gimnasio al que concurríamos con Tiano.

La ropa, dentro de lo que fue posible, me quedó bien y ahora estaba abrigado. Me dio también una gorra, accesorio que no suelo usar pero que ahora me venía muy bien. Saludé a Marcos agradeciéndole lo que había hecho por mí, pero no parecía el agradecimiento de un amigo a otro: era una suerte de mendigo que, esa noche, el dueño de un restorán le regaló un pollo a la parrilla a este pobre hombre que compartiría su trofeo con su perro sarnoso. A Lucrecia la miré y no dije nada. Ella tampoco mencionó alguna palabra. No esperaba que lo hiciese.