CAMINO A LO DE LAURA
Llovía aún, aunque no con tanta intensidad como antes. Unas gotas, finitas y molestas, entraba en mis ojos y me nublaban la vista temporalmente, además de que las ráfagas de viento me los hacían arder fuertemente.
Se volvió torturador caminar hacia lo de Laura y el sueño me pedía permiso, las piernas un banquito y mi cabeza una solución al inconveniente lo más temprano posible. Lentamente avanzaba con largos bostezos.
Laura es una chica hermosa, cabello largo hasta la altura de los omóplatos, ojos verdes preciosos que intensificaban su expresión, 1.60 mts (perfecta para mi estatura), flaca, de simple fisonomía, sencilla, simpática y por sobre todas las cosas me entendía. Pero tenía un desorden de ideas en su cabeza que muy seguido colaboraba a que tome malas decisiones.
Estudia psicología desde que egresó de la secundaria, pero es complicado de establecer el año en el que se encuentra porque tiene materias de primero que todavía cursa, de segundo, de tercero y si aprueba un parcial a fin de cuatrimestre, podrá cursar una de cuarto año... un verdadero desorden.
Tiene 21 años, dato que para ella es irrelevante. Siempre dice que la edad no ayuda a saber el grado de madurez de una persona, es un engaño, tan sólo un número que a muchos les juega en contra. Entre otras cosas, había realizado un estudio –basándose en cuestiones relacionadas a la psicología- en el que sostenía que “los hombres de
Nose bien en que se basó para obtener dicho resultado, por ay tiene razón aunque creo que exageró demasiado y que, al fin y al cabo, su experiencia amorosa anterior influyó en el dato final.
Los días –o, mejor dicho, los momentos- con ella son maravillosos pero Laura no está convencido de lo nuestro. Igualmente no me preocupa.
Nos conocimos hace unos meses en el cumpleaños de Camilo: como suele suceder habitualmente, donde está Camilo hay chicas, y si no, va en busca de ellas. Ese día nos conocimos y desde entonces mantuvimos una relación “rara”, si se quiere. Pero no vale la pena explicarles todo, ya se imaginarán que estaba todo bien, teníamos sexo con frecuencia, nos queríamos pero... cada cual en lo suyo, nunca salíamos juntos. Ella no quería.
Para mí, estaba bárbara esa relación. Servía para olvidarme de mi última chica y con
Laura también se sentía cómoda con la relación que manteníamos. Obviamente no? Ella había impuesto que nuestros encuentros sean de tal modo, encuentros escondidos. Aunque siempre me llamó la atención esa foto que se encuentra sobre la mesita de luz de su habitación: está abrazado a un flaco –demasiado flaco-, alto –muy alto, le sacaba dos cabezas a Laura-, apoyados sobre un auto último modelo que debía ser de él.
Antes de seguir con el relato, voy a tomar un sorbo del té que me hice, quizá sea el último que tome en vida... y comeré las galletitas de chocolate que me traje hasta
La gorra que me había prestado Marcos me molestaba al punto que la terminé arrojando a un tacho de basura mientras iba hacia lo de Laura. No había mucha gente en la calle, como todo domingo temprano a la mañana, únicamente unos cuantos borrachines.
Cuando doblé en la esquina de la cuadra donde vivía Laura, observé que había un individuo en la puerta de su casa. Me acerqué y la vi salir: abrazó al que estaba esperando en la vereda –por el perfil y su estatura, era el de la foto- y luego le dio un beso en la boca, lo saludó y entró nuevamente a su casa.
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