lunes 1 de octubre de 2007

VES LO QUE QUERES -PARTE VII

El flaco escuálido se retiró lentamente con un extraño paso. Se encontraba placenteramente relajado. Bajó el cordón, rodeó un auto –el mismo de la foto, un mercedes benz último modelo- e ingresó en su interior y, posteriormente, se marchó. Era un auto “de viejo”, de estilo conservador pero estéticamente modernizado, y seguramente debía salir su dinero, no cualquiera tiene un Mercedes Benz y de inmediato pensé “Este debe andar en algo raro”. Lo presentía.

A pesar de la escena que tuve que presenciar –hubiese querido no verlo nunca, pero no porque me gusta ser engañado sino que me sentía tan mal que prefería evitar esas situaciones que, hoy, son más comunes día a día- lo digerí con gran rapidez: estaba pensando en otra cosa más urgente a resolver.

Sin embargo, cuando golpee la puerta sentí vergüenza y desolación pero alivio de haber llegado.

-Qué te pasó Fede?- Laura respondió a la puerta. Se sorprendió al verme. De su sonrisa al abrir (capaz, creyendo que el flaco vendría nuevamente a golpear la puerta para darle el último beso), su cara se transformó en una expresión de estremecimiento, y la causaba mi aspecto, que todavía producía un impacto visual espeluznante. La cara de asco no se la sacó en ningún momento

-Tuve un accidente pero no puedo contarte, no tengo tiempo- dije rápido, sin darle tiempo a pensar. Se me ocurrió inventarle una historia para impresionarla, pero las ganas no acompañaron. –Necesito mi teléfono que me olvide ayer en tu casa-

-¡Ah, sí! Espera, ya te lo traigo- entró. –Estuvo sonando pero no lo atendí- gritó desde el interior de la casa.Debió haber sido desde la cocina que se encuentra muy alejada de la puerta principal y en donde había dejado mi teléfono aquella tarde.

Al rato, apareció de nuevo con mi celular en la mano. Me lo entregó y le agradecí dos veces, intercalando una disculpa por el horario.

-No te preocupes, estaba despierta- respondió a mis disculpas. Ya sabía que estaba despierta... Incluso, todavía tenía puesta una remerita escotada y el pantalón de vestir que más le gustaba. Encima, cada tanto, venía desde ella una ráfaga de hedor a sexo de dos horas

Antes de irme aproveché para pedirle una tarjeta de colectivo y algunas monedas para tener por las dudas. Me daba vergüenza pero no me quedaba otra. Sacó del bolsillo derecho del pantalón una billetera y del interior de esta, retiró una a tarjeta y 10 pesos para mí.

Nos saludamos. Estaba preocupada por mí, lo leí en sus ojos, pero no se animó a decir una palabra. Y me fui, sabiendo que no la volvería a ver (el préstamo que me hizo esa mañana se lo devolví en un sobre que le dejé la semana pasada en la puerta de su casa)

En el celular tenía 5 llamadas perdidas y 2 mensajes de texto. Los SMS eran de Camilo: en el primero (a la 1:23) diciéndome que había una fiesta en la casa de “El Pela Poteito” y en el segundo (2:12) que dos chicas preguntaban si iba a ir a la fiesta, que me estaban esperando.

Una de las llamadas perdidas (3:12) había sido realizada desde un teléfono público y era la que Tiago había hecho antes de avivarse de llamar a mi casa.

Las otras cuatro llamadas pertenecían al entorno familiar: una de mi casa (6:45), otras dos del celular de mi viejo (6:55) y una más desde el de mi vieja (7:01). Debieron comunicarse los de la clínica y les comentaron mi huida.

Ahora, poseía el teléfono de Tiago en la agenda de mi celular, pero tenía que ir a una telefónica porque mi móvil estaba sin saldo. A dos cuadras de lo de Laura había una a la que iba de vez en cuando y tuve que redireccionar mi sentido porque estaba para el otro lado.

Eran las 9:32. Entré apurado, pedí una cabina y lo llamé.