El teléfono sonó dos veces y contestó
-Fede... te estuve esperando- La voz desanimada y la articulación casi falseada de Tiano daba a entender que estuvo toda la madrugada esperándome.
-No pude llegar anoche, se me complicó. ¿Estás en tu casa?
-Sí. Vení cuanto antes. Y no te quedes dormido, por favor
-Ok, nos vemos en un rato.
Tan solo si hubiese prestado un poco más de atención a sus palabras, todo sería distinto. “Y no te quedes dormido, por favor”, en el estado en que me encontraba era casi imposible pero lo hubiera intentado con mayor rudeza si hubiese imaginado lo que me esperaba. Pero se tornaba una odisea mantenerse despierto, siendo que el reloj marcaba las 9:32 de la mañana, había tomado una cerveza, el golpe me había dejado un poco mareado, no había comido nada en toda la mañana –algunos maníes durante mi paso por “El estar”-, y ahora debía tomarme un colectivo con más de 35 minutos de viaje.
El “bondi” pasaba a la vuelta de lo de Laura. Allí estuve esperándolo casi media hora –los domingos siempre salen con menor frecuencia- y mientras tanto opté por comprar una medialuna en un café cercano, cada tanto observando hacia la calle para no perder el colectivo, que llegó ni bien terminé de comer.
Subí, pagué con la tarjeta que Laura me había prestado y me senté en el único asiento individual que estaba libre: el tercero, contando del conductor hacía atrás. El transporte –por cierto, muy sucio- me hizo recordar cuando pasaba por casa “la combi” para ir a la escuela primaria. El modelo era muy viejo, debía tener más años que el conductor, que para el caso seguramente estaría próximo a jubilarse.
Si algo me molesta cuando viajo en colectivo es que, la persona que está sentada detrás de mí, vaya tosiendo. No hay nada que aborrezca más que eso. Siento como si los gérmenes de la persona que tose, se expanden por el aire que inhalo y, la gran parte de ellos, me los fumo preocupadamente. Cualquier otra persona podría ir tosiendo que no me molestaría, pero la que va detrás de mí no me deja tranquilo ni un segundo y mi viaje se vuelve una insatisfacción profundamente intolerable.
En los asientos para dos, contiguo al mío, había una parejita que se venía matando a besos y tocándose sin ningún tipo de censura y desinhibidos en demasía, al punto tal que, cada tanto, se podía oír algún gemido. Detrás de la parejita, iban 2 jóvenes de unos 18 años que deberían estar regresando a su casa luego de salir de algún boliche. Hablaban de las futuras elecciones en nuestro país, y lo hacían con tanta ignorancia que me irritaba escucharlos.
A pesar de todo esto, y que el asiento era demasiado duro, me quedé completamente dormido. Y por un largo rato: el colectivo había terminado su recorrido y el chofer me zamarreaba del hombro para que me levantase.
Estaba tan lejos de la casa de Tiano como nunca antes. Mi teléfono marcaba que eran las 11:10 y el día esbozaba un intento de cambio climático: el sol comenzaba a hacerse un lugar en el cielo, entre las nubes que ya no eran de lluvia. Comencé a caminar por la cuadras por donde pasa el colectivo que me tenía que tomar para llegar a lo de Tiano, mirando continuamente hacia atrás, llendo de parada en parada, atento a si pasaba el 511.
Cuanto más apurado estás, más tiempo tarda todo, o eso es lo que uno presiente. Caminé tantas cuadras que varias veces llegué a pensar que iba por un camino equivocado, pero pregunté a varias personas de la zona si por esa calle pasaba el colectivo y todos me respondieron afirmativamente. Un viejo que cortaba el pasto de su casa me dijo que era común que tardara tanto.
-Se deben olvidar de trabajar- me dijo bromeando el señor, luego de largar una carcajada.
Ya casi eran las 12, cuando tuve, inesperadamente, noticias de Tiano.
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